Vidas escritas, Javier Marías
Henry James de visita Escuchaba sin cesar y hablaba sin cesar también: llegó a oír una confesión de asesinato y llegó a pronunciarle una conferencia sobre los sombreros a un hijo de Conrad que, con cinco añitos, le había hecho una inocente pregunta acerca de la extraña forma del que él llevaba. Cuando se hallaba inmerso en una de sus novelas podía ser muy olvidadizo y no recordar que tenía invitados a comer hasta que éstos le esperaban ya sentados a la mesa, pero era extremadamente cuidadoso y exigente con las reglas de la hospitalidad, y por eso, con él, el verdadero riesgo no estribaba en ser su huésped, sino su anfitrión, ya que a partir de las atenciones recibidas o del ambiente de un hogar sacaba conclusiones definitivas que su fabulación, además, desarrollaba con posterioridad. Y así como, por ejemplo, admiraba a Turgueniev tanto literaria como personalmente (lo veía poco menos que como a un príncipe), detestó siempre a Flaubert po...

