Dos tardes con Jane Austen, Espido Freire
Pero, cuidado, la Jane de la correspondencia tampoco es, presumimos, la Jane real. En ella se permitía desahogos, exabruptos, confesiones y ataques destinados a unos ojos muy concretos, los de su hermana, que entendía ese código desde niña. Las cartas de Jane buscaban que su lectora principal y primera se riera y se divirtiera, y para ello no le importaban las exageraciones, la mordacidad o directamente la fabulación. Jane tampoco era enteramente esa. Nunca hubiera permitido que sus sobrinos varones oyeran o leyeran según qué frases formuladas por ella y que podrían resultarles hirientes. Si lo entendemos así, comprendemos mejor la destrucción de parte de esos documentos y la versión complaciente, incluso infantilizada, que se transmitió de ella. ... Como más tarde nos contaría Charlotte Brontë, era habitual que estos colegios se encontraran mal provistos: la comida resultaba insuficiente en calidad y cantidad, y la convivencia estrecha de más niños de los debidos favo...
