Reliquia, Pol Guasch
Hay quien dice que el último documento que Marina Tsvietáieva escribió antes de colgarse de una viga en su casa del pueblo de Yelábuga, donde vivía con su hijo Mur, fue una solicitud dirigida al Consejo de Chístopol, en la que pedía: «Ruego que se me dé trabajo como lavaplatos en el comedor del Litfond que va a abrirse», donde comían los poetas más consagrados que ella. Las últimas palabras que uno escribe pueden ser de auxilio, implorando trabajar en un comedor en el que servirá a los escritores de mayor prestigio: cuando la muerte es inminente, el orgullo se deshace. Hay quien dice, en cambio, que antes de morir escribió tres cartas: una a su hijo Mur («Perdóname, pero en adelante habría sido todavía peor. [...] Esto ya no soy yo. [...] Caí en un callejón sin salida»), una dirigida a sus compañeros de oficio («Queridos camaradas: [...] ¡no me entierren viva! Compruébenlo bien») y una última a sus amigos Nikolái Nikoláievich y las hermanas Sini...
