Lázár, Nelio Bierdemann
Le encantaba quedarse en la cama caliente con la ventana abierta, percibir el aire fresco de la mañana, el rocío sobre las hojas y el aroma de la colcha de flores que, desde que tenía memoria, se lavaba con jabón de lavanda. Pero lo que más le gustaba era oír los ruidos de la calle que entraban en la habitación sin perturbar su calma. Cuando estaba así en la cama, todo era como el año anterior. Y abajo, en la avenida, nada había cambiado desde que se había vuelto a acostar, lo sabía sin necesidad de asomarse, pues oía el motor traqueteante del coche del señor Fehér, los cascos de los caballos sobre los adoquines, los chasquidos de los cocheros, los gritos de los fruteros y los verduleros y las voces claras y alegres de las mujeres. Esa idea, la de que todo eso existía completamente al margen de ella, la idea de que ese pequeño mundo frente a la ventana estaba ahí aunque no lo mirase, tranquilizaba a Ilona como ninguna otra cosa. ... ...

