El buen mal, Samanta Schweblin
UN ANIMAL FABULOSO A ella solo le cuento lo que el chico dijo después: «No quiero ser arquitecto». No le digo lo que pensé: que en el tono firme en el que hablaba, en la manera en que le brillaban los ojos mientras descubría el sentido de sus palabras, parecía también dar a entender «soy algo tan grande que no puedo permitirme el mundo de los hombres». Ni que esperé unos calculados segundos antes de volver a hablar, para que Peta terminara de saborear su propio descubrimiento y pudiera reconocerlo en todo su esplendor, ni que asentí como diciendo: «¡Sí! ¡Sí! ¡Esa es la verdadera verdad! ¡Podés ser lo que sea que quieras!». A Elena solo le cuento lo que le pregunté a Peta después: «¿Y qué querés ser?». «Quiero ser un caballo». ... EL OJO EN LA GARGANTA Mamá se da cuenta de lo que me pasa, o ya no me pasa, con mi padre. Pero qué puede hacer. Desde el principio, desde el día ...

