Sueños de trenes, Denis Johnson


   En la última parte de su larga vida, Grainier ya confundía la cronología del pasado y estaba seguro de que el día en que había visto al Hombre Más Gordo del Mundo —aquella misma noche— era el mismo día en que se había detenido en la calle Cuatro de Troy, Montana, a cuarenta y un kilómetros al este del puente, y se había quedado mirando un vagón de tren que llevaba a aquel joven y extraño artista rural llamado Elvis Presley. El vagón privado de Presley se había parado por alguna razón, tal vez para hacer reparaciones, en aquel pueblito diminuto que ni siquiera tenía estación propia. El famoso joven había aparecido brevemente en una de las ventanillas y había levantado la mano a modo de saludo, pero Grainier había salido de la barbería de la otra acera demasiado tarde para verlo. Se lo habían tenido que contar los lugareños que había allí plantados, en pleno anochecer, desplegados a lo largo de la calle entre el retumbar grave del motor de diésel en ralentí, hablando muy bajito o bien sin hablar, contemplando el misterio y la grandeza de un muchacho tan elevado y solitario.    

   Grainier también había visto a un caballo de los que salían en las películas, y a un niño-lobo, y había volado por el aire a bordo de un biplano en 1927. Había empezado la historia de su vida en un trayecto de tren que no recordaba y la terminaba plantado delante de un tren en el que iba Elvis Presley.

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   Robert y su nueva familia vivían en el pueblo. A solo dos puertas de distancia un hombre calvo, que siempre vestía un peto de tela vaquera y nunca llevaba sombrero —un hombre corpulento, con las manos muy pequeñas y fuertes—, tenía un taller donde reparaba botas. A veces, cuando el hombre estaba fuera, a Robert o a alguno de sus primos les daba por entrar a hurtadillas en el taller y hurtar algún que otro pegote de cera de abeja del tarro que el hombre tenía en su mesa de trabajo. El reparador la usaba para encerar el hilo cuando estaba cosiendo cuero del duro, pero los niños la chupaban como si fuera caramelo.

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   El primer beso lo hizo desplomarse por un agujero y salir por el otro lado a un mundo donde le pareció que podría encontrar su lugar;



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