El señor Valéry, Gonçalo M. Tavares


LA MASCOTA

El señor Valéry tenía una mascota, pero nadie la había visto jamás.

El señor Valéry dejaba al animal encerrado en una caja y nunca lo sacaba al exterior. Le tiraba comida por un agujero en la parte superior de la caja y le limpiaba los excrementos por un agujero en la parte inferior de la caja.

El señor Valéry explicaba: 

–Es mejor evitar el afecto hacia los animales de compañía: se mueren a menudo, y luego es una tristeza para el corazón.

 Y el señor Valéry dibujó una caja con dos agujeros: uno en la parte de arriba y otro en la parte de abajo


 Y decía:

 –¿Quién podría cogerle cariño a una caja?

 Y así, el señor Valéry, sin asomo de angustia, seguía muy satisfecho con la mascota que había elegido.

... 


UN VIAJE A PIE

   El señor Valéry siempre iba caminando a todas partes. Muy deprisa, con pasos pequeñitos (en este particular se parecía al señor Sommer, un vecino suyo).

   Un día, el señor Valéry se vio obligado a desplazarse a un punto alejado de la ciudad.

   A pie tardaría diez horas. En tren, tan solo veinte minutos.

   Tras mucho meditarlo, el señor Valéry decidió ir caminando. El señor Valéry explicaba:

   –¿Quién me asegura que el lugar al que llego tras diez horas es el mismo al que llego en veinte minutos?

   Y con más convicción añadía:

  –Es evidente que no se trata del mismo lugar.

   Y el señor Valéry dibujó entonces dos flechas de muy distinta longitud:


 


   Y exclamó:

   –Solo un loco diría que el punto final de las dos flechas es el mismo.

    Con creciente seguridad, el señor Valéry prosiguió:

   –Y aunque me vaya en tren y me espere parado en el destino durante nueve horas y cuarenta minutos, ese destino mío no será el mismo al que llegaría en diez horas de camino a pie, puesto que habré estado allí, en ese lugar, aunque parado, cambiándolo durante nueve horas y cuarenta minutos.

 Dicho lo cual, echó a caminar, pues la decisión estaba tomada.

 Al cabo de veinte minutos de caminata, el señor Valéry miró el reloj y pensó, de un modo algo confuso:

 –Si me encontrara ya en mi destino, este momento exacto sería el lugar al que habría llegado.

 Miró a su alrededor y dijo:

 –Sin embargo, este aún no es mi destino.

 Y así pues, siguió caminando.

 Más tarde, satisfecho, exclamó para sus adentros:

 –Aún no he llegado, pero me voy a otro lugar.

 Y como aún faltaran cerca de nueve horas para llegar a donde quería, el señor Valéry siguió caminando, contento y feliz con sus razonamientos, un pie detrás del otro, siempre al mismo ritmo, rumbo a su destino.

 –A mí no me las dan con queso –murmuraba el señor Valéry, empezando ya a sudar mucho.

... 


LA TAZA DE CAFÉ

   Al señor Valéry le gustaba mucho el café. Para el señor Valéry, trabajar y beber café eran la misma cosa. Su trabajo, a partir de cierto momento, consistía en beber café.

   Solía decir:

  –Sin café no logro trabajar. –Y quienes lo oían lo creían dependiente de esa sustancia para hacer cualquier otra cosa.

  Pero no.

  El señor Valéry explicaba:

 –Un cuerpo es más exacto cuantas menos tareas realiza.

 Y aclaraba, haciendo gala de las ideas filosóficas de las que tanto se enorgullecía:

 –Una causa vale menos que un efecto, y un efecto vale menos que un hecho sin causa.

 Por eso actuaba sin pensar en los efectos de su acción. Actuaba porque le gustaba la acción que hacía. Y con eso le bastaba.

 El señor Valéry decidió entonces dibujar una taza de café para demostrar su teoría

 


 

 Tras concluir el dibujo, se dijo a sí mismo:

 –Hay días en los que no entiendo nada de mí mismo.

 Y como se sentía confuso, el señor Valéry decidió irse a tomar otro café.

 –Es un modo de resolver las cosas –pensaba.

... 


LA COMPETICIÓN

   Al señor Valéry no le gustaba competir.

   Solía decir, al respecto de cualquier competición, que todas las clasificaciones eran malas del primer al último puesto.

   Y se preguntaba:

   –¿Ganar a los demás para qué? ¿Perder frente a los demás por qué?

   –Prefiero ser viceúltimo o subúltimo –apostillaba con ironía.

    Y explicaba:

   –Solo existe justicia en una competición si todos parten de condiciones iguales. Pero eso no existe, sabido es. Y si todos fuesen iguales, ¿cómo podría quedar uno por delante de otro? En una competición las personas siempre acaban como habían empezado –concluía el señor Valéry.

 Y el señor Valéry añadía:

 –A mí lo que me gustaría sería ver una carrera de cien metros en la que cada pista terminase en un punto distinto.

–Imaginad cuatro pistas de cien metros que fuesen así… (y dibujaba)

 


 

   –De este modo –proseguía el señor Valéry–, al acabar la competición, cada atleta comprendería mejor qué le esperaba al día siguiente. Aunque ganara la competición, acabaría la carrera solo, lo que en sí es una pequeña lección de vida.

    Y tras esta afirmación algo ambigua, el señor Valéry retomó su paseo diario, el cuerpo ligeramente encorvado, el sombrero calado hasta las orejas, y solo, completamente solo, como siempre.




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