Dos tardes con Joseph Roth, Sergio del Molino



Es Roth quien abraza resignado su condición de borracho. Sin orgullo, pero tampoco tragedia. Sabe quién es, sabe cómo se ve y sabe cómo le ven los demás. Ha escrito muchas veces sobre la depravación que provoca el alcohol en los hombres. Sabe bien que los pierde y sabe bien que él está perdido, por eso no acepta consejos, promesas de redención ni broncas de amigos, como el pesado Stefan Zweig, que le reprocha que se le vayan en licor los préstamos a fondo perdido que le hace.

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La editorial Phaidon le ha encargado un libro de viajes por el Orient Express por el que le ha pagado un buen anticipo, pero Roth, en vez de comprar los billetes para el tren y ponerse a trabajar, se ha ido a la Costa Azul y se ha gastado todo el anticipo en hoteles, en Pernod y en amantes jóvenes que le consuelen de la tragedia de Friederike. Phaidon le reclama el dinero, ya que no entrega el libro, pero Roth se hace el sueco porque no lo tiene.

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Roth —se dice a sí mismo— bebe para que las cosas vuelvan a ser claras y comprensibles.

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Esa ha sido, hasta finales del siglo xx, la paradoja del periodismo: estaba escrito por buscavidas, pícaros y gente de vida poco ejemplar y disoluta, pero lo leía gente sensata, burguesa, sobria, convencional y de buenas costumbres. Los periodistas trasnochaban y sus lectores madrugaban. Unos y otros no se parecían en nada y tan sólo coincidían al amanecer, cuando los primeros volvían a casa de juerga y los segundos salían para ir a trabajar.

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Hay incluso un repertorio de chistes, algunos relativamente recientes. Uno documentado en la posguerra presenta a dos judíos contándose chistes sobre el Holocausto, a cual más bestia. Compiten en irreverencia y escándalo, y sus risotadas llegan al cielo, provocando la ira de dios, que se presenta ante ellos y les abronca por burlarse de algo tan sagrado. Los viejos, desdeñosos, lo mandan a paseo: «Tú, calla —le dicen—, que ni siquiera estabas allí».

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Mendel Singer ha intentado huir, pero al final ha entendido que no puede esperar de los hombres una dulcificación de su destino, que seguirá siendo la hez de la tierra incluso después de que la prosa de Joseph Roth lo convierta en objeto de compasión de miles de lectores, incluida Marlene Dietrich. Los judíos errantes orientales no pueden escapar de su destino, no pueden esperar nada de nadie, siempre pertenecerán a la triste comunidad de los perseguidos. Esa es la grandeza de la prefiguración de la novela, y por eso estremece leerla hoy, cuando la triste comunidad de los perseguidos ya ha sido exterminada.

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