Dos tardes con Jane Austen, Espido Freire



Pero, cuidado, la Jane de la correspondencia tampoco es, presumimos, la Jane real. En ella se permitía desahogos, exabruptos, confesiones y ataques destinados a unos ojos muy concretos, los de su hermana, que entendía ese código desde niña. Las cartas de Jane buscaban que su lectora principal y primera se riera y se divirtiera, y para ello no le importaban las exageraciones, la mordacidad o directamente la fabulación. Jane tampoco era enteramente esa. Nunca hubiera permitido que sus sobrinos varones oyeran o leyeran según qué frases formuladas por ella y que podrían resultarles hirientes. Si lo entendemos así, comprendemos mejor la destrucción de parte de esos documentos y la versión complaciente, incluso infantilizada, que se transmitió de ella.

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Como más tarde nos contaría Charlotte Brontë, era habitual que estos colegios se encontraran mal provistos: la comida resultaba insuficiente en calidad y cantidad, y la convivencia estrecha de más niños de los debidos favorecía los contagios de enfermedades. No consta que Jane pasara hambre ni malos momentos durante los primeros meses; pero Southampton, una ciudad portuaria con un constante ir y venir de infecciones propagadas por las tropas que desembarcaban o se dirigían hacia el continente, cayó bajo un brote de fiebre tifoidea. Las tres niñas enfermaron de gravedad; quizás porque no se las creía en peligro, las madres no fueron alertadas hasta que la prima Jane les escribió pidiendo que fueran a buscarlas con la mayor urgencia. Jane Austen, que estaba muy grave, se salvó por los pelos, pero la señora Cooper se contagió mientras cuidaba de su hija y murió.

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   El romance que más dio de qué hablar duró unas semanas durante la temporada de 1796: apenas tres bailes. Jane se lo pasó en grande durante ese tiempo, e incluso insinuó a su hermana, medio en broma, medio en serio, que esperaba que pasara algo durante el último baile en Ashe.

   En realidad, sabía de sobra que eso no podía ser. Tom Lefroy,

sobrino de su amiga Anne Lefroy, guapo, educado, se encontraba de paso en casa de sus tíos y era el mayor de una familia numerosa irlandesa. Eso le colocaba en una posición delicada: sus hermanos, y sobre todo sus hermanas, dependían de la suerte que él tuviera en una futura carrera, becada y protegida por un acaudalado familiar.

   Este es el único romance del que se tiene constancia en las cartas supervivientes de Jane, aunque aparecen otras referencias jocosas a otros hombres, algunas de ellas demasiado hirientes como para que pueda especularse con una posible relación: algunas biógrafas y gran parte de las lectoras se han aferrado a la figura de Tom Lefroy, la han agrandado y han volcado en ella algunas de las cualidades más atractivas de los protagonistas masculinos de sus novelas. Pero no hay pruebas de que aquellas tardes de juventud y risas dejaran un corazón desolado ni una relación desgarrada.

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¿De qué hablaba Jane en sus obras? Del matrimonio, desde luego, y de su capacidad para moldear situaciones, personalidades e incluso toda una sociedad en torno a esa asociación: del criterio propio y la dignidad, de la alegría del enamoramiento y de la desolación del desengaño. Escogerá fijarse en la hipocresía, la lacerante injusticia de quienes se atreven a emitir opiniones y arruinar las vidas ajenas. Tratará de la mediocridad, que tan bien conocía, y de la posibilidad de aprendizaje y redención, siempre que se desee avanzar por ese camino.

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