Reliquia, Pol Guasch
Hay quien dice que el último documento que Marina Tsvietáieva escribió antes de colgarse de una viga en su casa del pueblo de Yelábuga, donde vivía con su hijo Mur, fue una solicitud dirigida al Consejo de Chístopol, en la que pedía: «Ruego que se me dé trabajo como lavaplatos en el comedor del Litfond que va a abrirse», donde comían los poetas más consagrados que ella. Las últimas palabras que uno escribe pueden ser de auxilio, implorando trabajar en un comedor en el que servirá a los escritores de mayor prestigio: cuando la muerte es inminente, el orgullo se deshace.
Hay quien dice, en cambio, que antes de morir escribió tres cartas: una a su hijo Mur («Perdóname, pero en adelante habría sido todavía peor. [...] Esto ya no soy yo. [...] Caí en un callejón sin salida»), una dirigida a sus compañeros de oficio («Queridos camaradas: [...] ¡no me entierren viva! Compruébenlo bien») y una última a sus amigos Nikolái Nikoláievich y las hermanas Siniakova («No lo abandonen nunca. [...] Si se van: llévenselo con ustedes. No lo abandonen»). Las últimas palabras que uno escribe pueden ser de auxilio, implorando a los pocos que lo recuerdan que no se olviden de su hijo.
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El corazón pesaba 472 gramos. Tenías hipertrofia en el ventrículo izquierdo. A lo mejor, si hubieras envejecido, te habrían tenido que operar: un cateterismo cardiaco, un marcapasos o una intervención larga a vida o muerte. Quién sabe. Un corazón pesa, normalmente, entre doscientos cincuenta y trescientos cincuenta gramos. Lo indica el forense en la autopsia. Tenías el corazón demasiado grande.
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O quizá te referías al odio hacia ti mismo, a las mentiras, a una vida que vivías como si la fingieras. Y después están los recuerdos borrados con la bebida; el espacio que te aleja de una mujer que hace de madre de tres hijos sola; las manos que abren un álbum donde te encuentras en fotografías del pasado y compruebas que fuiste alguien que ya no reconoces. Quizá se trataba de no haber olvidado lo suficiente. O quizá de haber olvidado demasiado.
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La tarde que mamá me entregó la autopsia, le pregunté qué creía que te había llevado al punto de no retorno en el que gravitaste los últimos años. Me respondió que la vergüenza. Me habló de tu incapacidad para apartarte del juicio de los demás, del deseo imposible de huir, de tu familia como un dolor que no habías sabido entender, del mundo que te señalaba y de la parálisis.
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Quiero decir: a veces quererse es acercarse a lo que te ha faltado, a veces es alejarse de lo que conoces demasiado. Sea como sea, nuestra manera de irnos de un sitio no debería decir tanto de cómo hemos estado en él.
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Ningún lugar del mundo queda demasiado lejos si sabes que allí te espera tu hijo.
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Foster Wallace creía que escribir era una manera de acompañar la soledad de los demás.