La mala costumbre, Alana S. Portero
De niña no me daba miedo pensar en ser así, ni fantasear con ello, me aterraba la reacción de los demás viendo cómo se expresaban sobre algo que era tan bello. El desprecio con el que lo hacían, la repugnancia que parecía causarles. Fueron esas conversaciones ajenas, las que se supone que una no está escuchando, las que me convencieron de que era un ser torcido que debía ocultarse.
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Margarita estaba dedicada en cuerpo y alma a su madre, que era mayor y dependía completamente de ella. Se enorgullecía de llevarla limpia , «como los chorros del oro», decía siempre. De tenerle «su comidita a punto» y de que no se le pasase una revisión médica o una pastilla.
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La desvergüenza del tipo, al que lo único que se le pedía era que realizase el honroso trabajo de retirar cadáveres de sus casas o de la vía pública con el máximo respeto, o incluso en silencio, golpeaba la cara de Margarita delante de todo el mundo. Fue la primera vez que vi con total claridad esa humillación específica, la de negar el nombre, la de exponer la desnudez de otra persona para burlarse, la de aplastar cualquier conquista o historia personal, por dolorosa que haya sido, solo por el placer de ejercer poder, y en ese momento se conformó un «nosotras» tan poderoso que parecía haber estado ahí siempre. Todos mis fantasmas, todos mis miedos posaron sus manos frías en mi espalda, en mi cuello, en mis tripas, en mi entrepierna, en mis ojos, y apretaron al mismo tiempo.
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A qué marica o bollera le felicitaban sus padres y amigos por ser quien era, a qué bisexual no se le trataba como si padeciese una versión sucia de erotomanía o no se le tomaba en serio porque tal condición ni existía, a qué travesti le acompañaba con orgullo por la calle su familia
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Caminar era, del mismo modo que correr , una manera de sentir que no estaba en medio de un mundo que giraba a mi alrededor con tal furia que no me dejaba moverme, que la vida no era un maëlstrom imposible de atravesar. Caminar era desplazarme, hacer algo, oponer cierta resistencia a una molicie que me devoraba viva.
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Llegué a casa de mis padres alrededor de las siete y media de la mañana, terminé de cambiarme de ropa justo antes de subir, en el mismo portal, en un descansillo que sabía ocupado por una vecina sorda que vivía sola. Hacer esto a los dieciocho años era humillante, pero la humillación suele ir de la mano de la depresión.
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Peinar a la reina travesti era un acto de reverencia y de amor. Con las hebras de su cabello entre las manos me imaginaba un pasado en el que mi madre me trenzaba el pelo o me lo recogía. Me parecía que cuando las madres peinaban a las hijas se transmitía un amor intangible y una belleza sin palabras que no podía darse de otra forma. Como una prenda tejida por dedos torcidos de abuela lleva consigo la fragancia del tiempo y de los cuidados.
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La ciudad estaba a rebosar de gente que había salido a comprar y a pasear. El invierno sentaba bien a los madrileños, tomaban el centro solo por el placer de hacerlo, en realidad la mayoría de las compras podían hacerse en cualquier barrio de Madrid; acercarse al centro era una tradición que no requería un gasto extra, era el momento de pasear, visitar los puestos de la plaza Mayor, pasar por Sol, burlarse del impenitente repelús de Cortylandia, recorrer Montera y Gran Vía hasta Callao, pasar un poco de frío y aliviarlo entrando en las cafeterías de la zona con la excusa de ir al baño. Los escaparates relucían e iluminaban la ciudad con ese aire cursi y exagerado que tan bien le quedaba. Su piel siempre había sido gris y carecía de los juegos de texturas de otros lugares mucho más hermosos, en Madrid había que fiarlo todo a lo que se añadía al espacio: los árboles, las luces, el antiguo carácter de sus vecinos, cosas que no servían para embellecer una urbe pero sí para hacerla confortable. Madrid era ese sofá que necesitaba cambiarse por estar desvencijado pero que resultaba tan cómodo y cargaba con tantos recuerdos de los habitantes de la casa que nadie se decidía a darle la patada y se arreglaba con una funda nueva detrás de otra.
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Me humillaba no tener la determinación suficiente para suicidarme, no ser capaz de alcanzar ese estado de valor último que me librase de todo mal. Me humillaba tener la convicción absoluta de que me esperaban años de dolor y pura nada antes de que todo acabase.
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Rompía el aislamiento tanto como me permitían las fuerzas, empezando por fregar el baño y darle usos al estropajo, que es como de verdad se demuestra el amor y el respeto en una casa.
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—Tú no tienes que dar gracias por nada —decía casi enfadada—. Esta es tu casa, mientras nosotros estemos vivos aquí no te va a faltar de nada, lo que tienes que hacer es recuperarte y estar bien. Tienes que estar bien. Tienes que estar bien. Tienes que estar bien.
Y ya todo era eco que me repetía que tenía que estar bien cuando ni siquiera estaba. En esas oportunidades mi padre se levantaba del sofá y se acercaba a la cocina a vigilar el guiso, abría la nevera, se preparaba un montadito pequeño de cualquier cosa que hubiese, volvía al salón, le daba un bocado e inmediatamente me lo cedía a mí. Era su forma de decirme que no tenía la más remota idea de cómo hablar conmigo, que no me había entendido nunca pero que estaba dispuesto a sacarse la comida de la boca para alimentarme. Que me quería hasta la inanición si fuese necesario.
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—Pero vamos a ver, Margarita, si pareces Amanda Lepore de joven, me da un ataque.
En la foto se la veía posando con los tacones subidos a un sillón negro en el que estaba a medio tumbar, apoyando el codo para mantener la cabeza erguida como una patricia esperando atenciones. Estaba radiante.
—Esta me la hizo un cliente mío que se llamaba Agustín, me lo pasaba muy bien con él, estábamos en un café cantante que se llamaba Lady Pepa, un sitio muy divertido en el que se hacía teatro cortito y cachondo. La mitad de los maricones con dinero de Madrid iban allí a tomarse una copa. Lo llevaba Mendizábal, el escritor de obras de teatro, que era un mariquita graciosísimo y muy listo. Eso sí, más de derechas que el grifo del agua fría. Si yo te contase la gente que he visto allí..., lo que pasa es que a mí no me gusta hablar, pero, vamos, que si lo cuento me matan como a la Marilín.
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—¿Me dejas el tocadiscos puesto? —Su voz ni siquiera era una voz ya. Escucharla requería interpretar un viento levísimo.