Ese imbécil va a escribir una novela, Juan José Millás


Me trastornó, en cualquier caso, la idea de haberme implicado como encubridor en un posible asesinato que, a estas alturas, casi cincuenta años después, habrá prescrito ya y del que puedo hablar sin miedo a que me cite un juez. 

   Viene a ser como desclasificar un documento secreto antiguo, como desclasificarme a mí mismo. Ahora soy un desclasificado.

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Quisiera escribir esto con una desesperación bienhumorada, una desesperación que produjera risas trágicas. Todas lo son. Todas las risas de este mundo tienen un lado oscuro, quizá el lado oscuro es su razón de ser.

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   En cualquier caso, desde París o Buenos Aires siempre podía telefonear a casa y comprobar que me reconocían, que esperaban mi vuelta incluso, y que el mundo conservaba aún ciertas formas de orden. Pero ¿adónde telefonear desde la vejez? A ningún sitio, no se puede telefonear a ningún sitio desde la vejez, estás abandonado ahí, en ese extrañísimo país en el que te empiezan a salir manchas en la cara y en las manos o en el que tienes que ir al baño antes de entrar en el cine y al salir de él porque la próstata, esa glándula del órgano reproductor con forma de castaña, ha ido creciendo a tus espaldas provocando un conflicto territorial en los bajos del cuerpo. Mi cuerpo había dejado de expresarse en su propio idioma. No lograba entenderlo, del mismo modo que un adolescente tampoco entiende la lengua en la que le habla el suyo. 

   Pensé en el feto: tan tranquilo, tan desnudo, tan cómodo, tan sumergido en un océano amniótico que posee el grado ideal de salinidad y temperatura. De súbito, se desata el terremoto provocado por las contracciones del útero. Y ahí tenemos al bebé, atrapado en los escombros orgánicos que hasta ayer constituían su hogar, buscando una salida a través del estrecho túnel de la vagina en cuyo final se ve una luz blanca muy parecida a la que describen los que han vuelto del más allá. ¿Vienen los bebés del más allá? El comienzo de la vida se parece mucho a sus postrimerías. Los dos, en cualquier caso, nos cogen a traición.

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   Entonces vas al oftalmólogo (o a la oftalmóloga, que el genérico con frecuencia no alcanza) y resulta que tienes cataratas. Las padeces desde hace años, pero no te habías dado cuenta porque la pérdida de visión ha sido paulatina. Vivías instalado en un atardecer permanente y el día que te operan descubres de nuevo los tonos de la mañana del domingo.

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Yo mismo actúo ya como un intruso en mis propios textos. 

—¿Cómo es eso? 

—Releer para corregir constituye una de las formas de esta práctica. El que relee ya no es el mismo que el que escribió, ¿me sigue?, el que relee para corregir es un intruso.

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   Me acordé de cuando creía en Dios, de cómo era la vida, mi vida, cuando creía en Dios. De lo mortificado que mantuve a mi cuerpo cuando creía en Dios. De lo cerca que estuve de la santidad cuando creía en Dios. De las relaciones que establecí con el sexo cuando creía en Dios y cuando la cabeza invisible me dejaba en paz. 

   Me acordé del perdón. Del perdón no como un regalo, sino como una forma de liberación personal y como un acto transformador, rebelde, en la medida en la que solo valía la pena perdonar lo imperdonable. El perdón como un acto de amor supremo, un acto de amor final, un acto de amor único porque en el perdón se reconoce en toda su extensión y profundidad al otro. Y porque el perdón de lo imperdonable rompe la lógica menesterosa en la que se desenvuelve la existencia de los seres humanos. 

   El perdón era un acto tan extraordinario, en fin, tan desacostumbrado que solo Dios era capaz de darlo. Yo se lo había otorgado en su nombre a aquella mujer, Inés R. (nombre supuesto), sin saber muy bien lo que hacía, en un estado de embriaguez que en cierto modo lo convertía en una burla del acto sublime de perdonar.

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   Tuve la impresión de que regresaba la fiebre, no una fiebre alta, no mucha calentura, quizá unas décimas, las que le extrañan a uno de la realidad, las que le ponen en una situación mental semejante, supuse, a la de los astronautas de la estación espacial que al mirar el mundo desde allá arriba y al verlo tan hermoso y tan frágil se preguntan cómo es posible que ahí abajo continúen matándose unos a otros.




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