Introducción a Teresa de Jesús, Cristina Morales



Yo no tiro nada al fuego salvo que me lo manden. Esta cuenta de mi conciencia tan particular no arderá, padre, pero tampoco vos la leeréis, ni vos ni nadie, ni el maestro Juan de Ávila. Mas ¿vale algo lo que a nadie se da a leer? A mí me parece que no, y esa es mi miseria: que no puedo hacerme ver al mundo ni puedo haceros ver el mundo a vos como mi entender querría, que lo que escriba, si quiero que se lea, debe estar al gusto del lector y no de su autora. ¿No es eso extraño? Si he de escribir para edificar, ¿ cómo voy a levantar ningún edificio sobre el suelo del lector sin antes echar abajo el edificio que ya está ruinoso? Escribir para dar gusto, ¿no es echar más escombros sobre las ruinas, o es quizá limpiarlas y recolocarlas , haciendo como que se construye, cuando en realidad no hay edificio sino una ordenada montaña de basura? ¿Eso me queréis, padre, animándome a escribir: basurera?

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Soy Teresa de Jesús y aquí estoy acordándome de mi primo. Diego de Cepeda Álvarez tiene tres años más que yo y vive en Osuna desde hace uno, y su primogénita, desde hace dos, vive conmigo. Como en estos tiempos no se puede decir eso que se lleva diciendo toda la vida de que fulano es más listo que un demonio, porque el que lo dice y a quien se refiere pueden ser quemados vivos, diré que María de Ocampo es más lista que una demonia. Sobre las demonias me parece que no existe teología.

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Lo único que vio mi padre con buenos ojos que mi madre escribiera, fue su testamento.

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Había delegado el cuidado de la propiedad porque fue por entonces cuando empecé a detestar los asuntos del mundo, cuando empezó a molestarme el comer y el dormir porque me distraían de la soledad, la oración y la lectura. Tampoco quería conversación con nadie, y mucho menos con deudos, que siempre venían a hablar de pleitos, de dineros y de nuevos nacimientos y matrimonios, cosas todas tan lejanas de Dios, tan risibles, tan pesadas, que me veía sentada en la silla del locutorio con la cabeza ladeada y un mecánico asentir ante la cháchara , respondiendo no más que fórmulas de cortesía. Todos pensaban que estaba enferma, hética, ida, y yo contenta de que lo creyeran para poder excusarme en que necesitaba descansar. Estaba enferma, sí, pero de ellos, y era de ellos de lo que necesitaba descanso.

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