Canon de cámara oscura, Enrique Vila-Matas
César Vallejo: «Salgo a la calle y hay calle. Me echo a pensar y hay pensamiento. Esto es desesperante».
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Cuando pienso en esa anécdota, siempre tengo en cuenta que Altobelli proyectó, pero no llegó a llevarla a cabo, una especie de antología de escritores desorientados, perdidos, malditos, sonámbulos o, por decirlo de otro modo, paralizados por su lucidez.
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ley de súbito silencio y pensamiento que irremediablemente dejan asombrado al lector en el sentido que le daba al adjetivo María Zambrano: «Hay en el asombro un quedarse inerme ante algo, ante algo que se ha visto y que creíamos familiar, pero que en un instante se muestra como absolutamente nuevo».
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abriendo un espacio para lectores activos, hoy tan diluidos en el tsunami de los lectores pasivos, que, de todos modos, ya existían en los años en que apareció el libro de Sterne. Lo demuestra esta declaración de principios del capítulo 6, donde el autor tiene en cuenta la posible deriva en la que, en cualquier momento, podrían caer los lectores, fueran activos o pasivos, aunque supongo que confiando en que los activos sean mayoría:
«Y si de vez en cuando parece que me entretengo por el camino, o que a veces, durante unos segundos y mientras pasábamos de largo, me pongo un cucurucho con un cascabel, no se esfume usted , sino más bien concédame cortésmente crédito y confíe en que en mí hay más sabiduría de la que muestran las apariencias; y a medida que avancemos, dando tumbos y a trompicones, bien ríase usted conmigo, bien hágalo usted de mí, o, en suma, haga lo que prefiera, pero no pierda usted nunca el humor».
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Cierro el correo y, nada más hacerlo, me entra otro de ella en el que me detalla en qué consiste ese recuerdo único de infancia que le implantaron. En él hay, dice, un paseo invernal en automóvil por una carretera de la costa. Tiene ella unos diez años. Bordean una costa inhóspita, siguiendo una «envidiable ruta panorámica», tal como irónicamente su madre le dice a su padre. Llueve y llueve y, en el asiento de atrás , la pobre Violet va de rodillas y mira por la ventanilla los coches que pasan por la carretera de la costa. En muchos de ellos, hay niñas como ella, taciturnas , de caras pálidas flotando en la ventanilla, mirándola con una desolación terrorífica.
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Si estuviera aquí Altobelli, no me extrañaría que, tras leer que Kate dejaba mensajes, hubiera querido hablar de aquel día en París cuando , junto con Francisco Casavella y José Luis Guerín, vieron pasar , por delante de la terraza de un bar, a Leopoldo María Panero, que, provisto de clavos y martillos, iba colgando en los árboles del Barrio Latino una cuartilla escrita a máquina, un posible panfleto . Se acercó Guerín al árbol más cercano a la terraza y leyó este titular:
FRANCESES: DESCONFIAD DE LACAN
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«Es más tarde de lo que piensas, escribió Baudelaire en la esfera de su reloj, tras romper las dos manecillas».
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Marchando a buen ritmo, entro en calor pensando en unas palabras del cineasta tailandés Apichatpong Weerasethakul. En ellas hablaba de la hora de camino que había realizado a pie muy poco después de la impresión hondísima que le causara El caballo de Turín, la película del húngaro Béla Tarr.
Decía Weerasethakul que el efecto de ver en una sala de Chicago aquella película húngara le había hecho sentir toda la potencia del arte, y más concretamente del cine, por primera vez en su vida: «Nunca había visto nada parecido. En el film pude sentir la lluvia, el peso del tiempo, un tiempo al que no estamos acostumbrados, pero que es el tiempo real . Vi una película que era más que una película y una historia, era algo extraordinariamente sensorial. Decidí volverme andando a casa, y eso que había un trayecto largo. Fue una experiencia que me cambió para siempre».