Duelo sin brújula, Carme López Mercader
La desaparición de aquel con quien los compartido todo hasta el nivel más profundo del pensamiento y la conciencia es una catástrofe vital absoluta inacepta solo una parcela, que tarde o temprano se podría reomponer, si no la existencia en su globalidad.
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Seguramente alguna vez aprendamos a vivir con la ausencia, a llenar la vida con cosas que antes no teníamos o recuperar otras que sí teníamos, pero que nunca vamos a hacer es olvidar. Y ese no olvidar es como una roca inamovible que ya para siempre va a estar en nuestra existencia, en la que la ilusión del movimiento la produce sólo lo que gira a su alrededor.
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Quizá lo mejor sería que nos dejaran apartados del mundo, como antaño. Incluso recuperar la costumbre, creo que lo he leído, o bien confundo cosas, de cerrar la casa con nosotros dentro y tapar los espejos, visto que ni siquiera nuestro reflejo soportamos.
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Y juntos vivimos muchísimas cosas, algo que luego en el duelo resulta ser una maldición. Porque quien ha estado presente en todo se echa en falta en todo y no hay nada que quede al margen de la añoranza.
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Mi espíritu está dentro de ti y el tuyo dentro de mí, le dicen una película un anciano indio a una mujer blanca, por razones que no ven en el caso.
En el duelo casi nada consuela, pero a veces una frase como esta te da un pequeño saliente para descansar en la escalada de la roca.
Es una frase breve y, sin embargo, contiene todo el mundo en ella. Porque el espíritu no es solo sentir al otro, recordarlo o recordar cosas que se han vivido conjuntamente, el espíritu es el otro. Su esencia, todo su ser del que el nuestro se ha ido impregnando a lo largo de los años.