Dos tardes con Franz Kafka, Manuel Vilas
Es lo primero que debemos de decir de Kafka: que llevó una vida intensa y maravillosa, sobre todo para desterrar la equivocada idea de que fue un hombre en la oscuridad y un hombre torturado. Aunque en realidad, esto último también pasó. Pero esa es la grandeza de Franz Kafka, que visitó los cielos y los infiernos.
Fue un hombre maravillosamente torturado por su amor a la vida.
Y yo no lo conocí.
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Si has leído a Kafka, y lo has hecho con alegría y fervor, lo llevas siempre en tu interior, en tu alma o en lo que sea ahora el alma. En tu inteligencia, tus emociones, tu psicología, tu memoria. Si lo has leído de verdad, siempre está contigo. Esto ya sé que parece un cuento chino, pero la vida es un cuento chino y, ya que es un cuento chino, que el cuento chino sea inmaculado, original, espectacular, distinto, preciso.
Ay, la precisión de Kafka.
Por ejemplo, yo he intentado zafarme de este sentimiento o emoción o cuento chino, porque ya soy viejo y no estoy para mitologías; pues los mitos los crea uno cuando es joven. Sin embargo, con Kafka no he podido jamás.
Tengo sesenta y dos años y he derribado cualquier mitología literaria, superstición o ilusión, a la búsqueda de la libertad y de la verdad. Pero nunca he podido derribar la adoración por Kafka.
He acabado con todos los rusos, he machacado a Flaubert, a Proust, a Faulkner, hasta con Cervantes he terminado, con todos, pero con Kafka es como el primer día. Sigo enamorado como el primer día, como un idiota.
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Hay una cuestión fundamental con Kafka: no lo hemos dejado descansar en su tumba, bajo el célebre túmulo en que yace y que ahora es un atractivo turístico más. Cuando metieron su cadáver allí dentro, en el cementerio de Praga, solo estaban enterrando a un ser humano más de entre los que fueron muriendo en ese tiempo. Ya por fin dejaba de estar vivo. No sabemos cómo fue ese entierro, aunque hay noticias de la gente que estuvo presente y de los llantos de su novia. Pero no está filmado. No, no nos podemos ni imaginar cómo fue ese entierro. Nada de nada, La nada pura de la imaginación. Por ejemplo, ¿hacía calor? Por ejemplo, ¿cómo era el ataúd, de qué clase de madera, cuánto costó? Por ejemplo, ¿quiénes eran los enterradores? ¿Cuándo nacieron y cuándo murieron? Todas estas preguntas son también Franz Kafka. ¿Qué pensaron los enterradores del ser humano al que estaban dando tierra? Algo pensarían, todo eso es Kafka, son milagrosas preguntas kafkianas. A mí me habría encantado estar en ese entierro. Me habría gustado verlo muerto. Vivo o muerto, pero verlo. Ahora solo tenemos las fotografías, que no son Kafka en modo alguno.
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Que no te expliquen a Kafka en una carrera de literatura en una universidad española es kafkiano, por tanto está bien, es correcto , es digno y bueno. No hay nada que delate más a alguien que habla de literatura que el hecho de si ha leído o no a Kafka. A los tipos o tipas que pontifican sobre la literatura sin haber leído a Kafka se les caza (se les kafka) al segundo. Son tontos de toda tontería. Sin Kafka, solo hay terraplanismo en la literatura, eso quería decir. Y no quiero faltar a nadie, pero estas palabras las dicta mi corazón. Cómo te vas a enamorar de Flaubert con lo feo que era y lo gordo que estaba o de Tolstói con esas barbas miserables, de cura chiflado.
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Grete es una mujer que pasó por la vida de Kafka de una manera kafkiana. Era amiga íntima de Felice Bauer, la prometida de Kafka. Grete visitó a Kafka en Praga para sondear su amor hacia Felice. Hasta aquí todo razonable. El problema es que Grete Bloch escribió y manifestó años después que tuvo un hijo con Franz Kafka, y que este hijo murió y que Kafka nunca lo supo. Grete fue asesinada por los nazis en 1944. Max Brod cree que es verdad que tuvo un hijo de Kafka. El gran biógrafo moderno Reiner Stach no lo cree, o es agnóstico en esto, no encuentra documentación, o no le basta la palabra de Grete. Pero Brod sí lo cree, y para mí todo cuanto dijo Brod de Kafka es sagrado. Sea como fuere, solo hay muerte por todas partes: muere el hijo supuesto de Kafka y muere la madre con poco más de cincuenta años. O desgarrador, o kafkiano, no cabe otra posibilidad de interpretar el paso de la vida de Grete sobre la de Kafka. O más bien el matrimonio de las dos palabras: desgarrador y kafkiano. ¿Se amaron? Dios lo quiera.
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El escritor argentino Jorge Luis Borges supo que Kafka era el más grande escritor de la historia. Como lo sé yo, como lo sabemos unos cuantos . Una vez le preguntaron qué diferencia había entre él y Kafka. Y Borges dijo que les unía el fuego, que sus libros también eran de fuego, pero los suyos eran fuegos de artificio, de logrado e inspirado y vistoso artificio, fuegos de la inteligencia siempre aplaudida, pero que el fuego de Kafka procedía del incendio de un orfanato.
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No se puede entender la literatura y la vida de Kafka sin saber esto. Sin saber y sin considerar que vivió sin prisa, que vivió en el mundo de la lentitud, porque esa lentitud explica la manera de ser de Kafka. Vivió pocos años, pero los vivió despacio , fijándose con mucho detenimiento en cada hora que pasaba. No había ruidos mecánicos ni obras en las calles. No había semáforos. No había más que casas con pisos grandes y una sociedad irreal a nuestros ojos. La obra de Kafka tiene una virtud especial : resucita a todos los seres humanos con quienes trabó amistad o mero conocimiento . Resucita a toda una ciudad. Esto solo pasa con Kafka. A mí no me ha pasado con ningún otro escritor. Kafka te obliga a pensar en las existencias de todos aquellos que fueron sus contemporáneos. El primero, obvio, es Max Brod. Pero acabas sintiendo la necesidad de saber quiénes eran todos los demás. Todo aquel que habló con Kafka tuvo una inmensa suerte. ¿Lo supo en ese momento? Muchos sí lo supieron.
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Cabe la posibilidad, y es altamente probable, de que mucha gente se haya reído de ti a lo largo de tu vida. En conversaciones donde, claro, tú no has estado presente. Pero incluso en la que has estado presente. La gente se ríe de la gente. Critican, censuran, degradan, humillan, insultan; juntas a dos seres humanos y se ponen a injuriar con mala fe a un tercero, y así se sienten mejor. Eso también es Kafka: el ultraje del otro.