El viaje de mi padre, Julio Llamazares


I. Un viaje de invierno (enero de 2024)

- En el corazón del Duero

En Vadocondes, por donde pasé con Modoso en 1984 (« Vadocondes ya es un pueblo- pueblo, con su iglesia y su picota como Castilla y Dios mandan», escribí en mi cuaderno de viaje por comparación con La Vid y Guma, dos pueblos de colonización que acabábamos de ver), la estación de la línea de Ariza fue derribada al poco de cerrarse, así que ni me molesto en ir a verla, e igual hago con la de La Vid, junto al monasterio premostratense que, tras la desamortización de Mendizábal y algunos años de abandono, se convirtió en el noviciado de los frailes agustinos, uno de los cuales me enseñó la espectacular biblioteca de treinta mil volúmenes, muchos de ellos sobre Japón, cuando pasé con Modoso por él, y que daba servicio, además de al convento, a las pedanías próximas, hoy ya tan poco pobladas como el monasterio mismo. Supongo—mientras desde la carretera contemplo sus muros y su espadaña entre la vegetación del Duero— que en la biblioteca siga el cartel con la frase de Plinio el Joven que tanto me impresionó aquella vez: «En las bibliotecas hablan las almas de los muertos».


- Si vas a Calatayud

En la noche de invierno que no lo parece, los bilbilitanos disfrutan bebiendo y conversando sin preocuparse del frío ni reparar en el forastero que los observa con curiosidad; un forastero que bebe y come a su lado sin pensar tampoco en otra cosa que no sea lo que a su alrededor sucede después de un día entero viajando en solitario por unos territorios en los que apenas habló con nadie porque apenas había con quien hablar. Todo lo contrario que en esta ciudad pequeña pero llena de vitalidad que invita al carpe diem más que a la evocación. 

Aunque, cuando hacia la medianoche vuelve a su hotel, su pensamiento vuele hacia un tren lleno de soldados que a esa misma hora, una noche del año 1938, se puso en marcha en la estación de Calatayud después de horas esperando en medio de un frío intenso y sin comer nada desde el mediodía.


- Las eras de Caminreal

y a dieciocho o veinte grados bajo cero, las muertes y las amputaciones de miembros por congelación no fueron algo excepcional en Teruel, al revés. Según los historiadores, las bajas por el frío en esta provincia fueron un tercio de las totales y las amputaciones de miembros estaban a la orden del día. En los hospitales de campaña que había por toda la zona los médicos militares se dedicaban casi tanto a amputar extremidades como a curar las heridas de la metralla y las bombas.


- Los llanos de Caudé

La que está al lado del pozo es más detallada: «Aquí yacen 1.005 fusilados por la Dictadura. Vuestras familias y amigos os rinden honores. Os tendremos siempre en el corazón, jamás en el olvido ¡Viva la libertad! ¡Abajo las dictaduras!» (parece ser que la cifra de mil cinco la dio un vecino de Concud, el pueblo al que realmente pertenece este lugar, que anotó los tiros de gracia que se producían todas las noches, según me dirán en Teruel), aunque las que más impresionan son las que algunas familias han puesto a título individual. Por ejemplo, la que recuerda a Félix Lorente Doñate, de Gea de Albarracín, asesinado el 1 de setiembre de 1936 a los treinta años de edad y al que su mujer ha escrito: «Te busqué por todas partes. Qué injusticia que estés aquí obligado a dejarme sola con tu hija de 4 años. No te olvidamos. Tu esposa y tu hija». O esta otra, tan escalofriante como la anterior: «José Linares Martínez. Asesinado el 27 de agosto de 1936 a los 18 años. Tu hermana Delia no te olvida».


II. De Aragón al mar (junio de 2024)

- El puerto de Torre Miró

Y lo que pasó fue que hubo represalias y que una mujer casada fue asesinada por unos soldados moros al resistirse a ser violada por todos ellos—. ¿Ve usted ese edificio?—Me señala un caserón cerrado y lleno de desconchones que durante años fue el hostal de Monroyo, al parecer—. Ahí se instaló el general Camilo Alonso Vega cuando los nacionales tomaron el pueblo.


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