Saturno, Eduardo Halfon
Dirigirse la palabra, padre, no es hablar. Sentarse a comer juntos no es estar juntos.
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Siempre me fue incomprensible su completa frialdad hacia el sufrir y la vergüenza que podía causarme con sus palabras y conclusiones.
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¿Qué se le puede responder a un padre que quiere vengarse de su hijo? ¿Qué se le puede decir?
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Dos meses después, al llegar James al departamento de ella en la Casa Semitecolo, destruyó todas las cartas suyas que Fenimore había conservado. Encontró los vestidos negros, tantos vestidos negros de aquel luto perpetuo. Se los llevó. Los amontonó en una góndola. En medio del canal, empezó a tirarlos de uno en uno hacia las aguas verdes venecianas. Pero los vestidos, llenos de aire, flotaban. Henry James tomó el remo del conductor y, enloquecido, llorando quizás, chapoteó con fervor sobre ellos.
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Usted, padre, también se burlaba de mi trabajo literario. Le parecía a usted ridículo que su hijo pretendiese ganarse la vida escribiendo. Se avergonzaba usted de mi vocación. A sus amigos les solía mentir. ¿Lo recuerda, padre? Entré al restaurante y usted, recio, imponente, ya estaba hablando con uno de sus socios. Al verme, usted me dio una palmadita en la espalda. Te presento a mi hijo, el ingeniero. Otras veces, yo era un abogado. Nunca pudo usted aceptar que su primogénito no siguiera sus mismos pasos. Nunca pudo usted comprender que mi vocación no era la suya. Yo, padre, le daba pena. Lo humillaba. Ante sus ojos, yo era un fracaso y, por lo tanto, como padre, usted también era un fracaso. Y esa frustración, ese dolor, salía en sus bromas e insultos. ¿Los recuerda, padre? No soy ingeniero, le dije a su socio, soy un escritor.
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Ni siquiera me habló antes de irse, padre. Nunca se despiden, sólo se van, escucho. Usted tiene razón, musita alguien, sólo se van, dejándonos solos, desamparados, huérfanos, con cáncer. Así es. Pero otros, aunque nunca se han ido, me dice otra voz, tampoco estuvieron, jamás, ni siquiera a la hora de nuestro sepelio. Muy ocupados dando charlas aun para despedirse. O vendiendo hierro, añade otra voz. Usted se murió sin despedirse, padre. Sin darnos la oportunidad de volver a hablar. De acercarnos. ¿Cuántos años llevaban ustedes sin hablar?, me preguntan. No sé, años, desde aquel almuerzo. Desde que usted, con su cuchillo, resplandeciente de orgullo, me condenó a ser vengado. ¿Lo recuerda él? ¿Lo recuerda usted?
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(Sobre su escritorio en París, Paul Celan dejó abierta la biografía de Hölderlin. Había subrayado una sola línea: «A veces este genio se oscurece y se hunde en el pozo oscuro del corazón.» Luego, se lanzó al río Sena.)
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¿Tú también escuchas a los pájaros cantando en griego?
