En todo hay una grieta y por ella entra la luz, Patrico Pron



F. polemizando, y admitiendo que se identificaba con la ortiga, una hierba que lastima a quien la toca, pero también lo despierta.

... 

F. aferrándose al sinsentido de la existencia como su sentido último, y considerando que la razón no sirve para comprender el sufrimiento individual;

... 

Un dedo de polvo se extendía sobre las bolsas de basura que puntuaban el paisaje

... 

Quizás, ella y yo teníamos por entonces la horrible y total consciencia de que en realidad el amor, pese a toda la insistencia que podamos poner en los sentimientos, no nos va a resolver la papeleta; el tipo de convicción que no emerge de la dificultad de amar a alguien, sino del modo en que, haciéndolo, y en nombre de ese amor, nos damos cuenta de que no tenemos derecho de exigir del otro ni del vínculo con él que disipen todos los pequeños agravios y los malentendidos y la insatisfacción que arrastramos con nosotros y constituyen, más que ninguna otra cosa, quienes somos realmente.

... 

Un día de primavera de los primeros de ese año.» No hablaba mucho, aunque mi madre creía recordar que cantaba en voz baja cuando nadie lo observaba: de su voz no tenía recuerdo. «Sí, hay zorros en nuestro país», había respondido mi madre, «pero no como el que decía que lo acompañaba, que era rojo como los europeos.» Desde que lo viese por primera vez, el 21 de febrero de 1941, por la mañana, el zorro nunca había vuelto a dejarlo solo, decía mi abuelo materno, según mi madre: cuando estaban en el campo, trotaba unos metros por delante de él y en ocasiones se giraba para ver si lo seguía; cuando estaba en su casa, podía observarlo a través de alguna ventana durmiendo bajo un árbol del patio o acicalándose. Nunca lo había visto comer ni cazar, y aunque las gallinas de la casa se alarmaban cuando intuían su presencia, jamás las había tocado. Debía de ser un zorro muy viejo, decía mi abuelo materno; seguramente más viejo que él, que ya era más viejo que el hambre o que la soledad, afirmaba: tal vez se dirigía hacia algún sitio y se había extraviado, como él, y por eso se prestaban compañía. De todo ello, mi madre sabía más bien poco,6.6 quizá porque, tras descubrir que su padre no inventaba sus visiones para entretenerla –es decir, desde el momento en el que se le hizo patente que para mi abuelo materno el zorro era tan real como ella, dijo mi madre–, no había querido saber nada más sobre el asunto, ni sobre sus actividades. «No quería volverme loca», admitió; su temor a que eso sucediera –que la segunda esposa de su padre compartía, me había dicho en otra oportunidad– se confundía con sus primeros recuerdos, y era tan grande que, cuando surgió la propuesta de que continuase sus estudios en un internado y la segunda esposa de mi abuelo materno la animó a aceptarla, mi madre se fue. Nunca volvió a vivir en esa casa, y si los métodos de mi abuelo materno cambiaron con los años, a consecuencia de una novedad u otra, mi madre no se enteró; algo la hacía pensar que no había habido cambios, ya que las prácticas de mi abuelo materno parecían habérsele impuesto espontáneamente después de la aparición del zorro: se levantaba poco antes de que amaneciese y rezaba por algunas horas, más tarde observaba el cielo y tomaba notas en un cuaderno que siempre llevaba consigo y volvía a rezar, sólo después recibía a las personas que lo visitaban para obtener su ayuda, pedían su consejo o venían a retribuirle por sus servicios, y a veces iba con ellos a inspeccionar sus campos. Una historia como esta se narra –o noatendiendo a lo mucho o poco que sepamos de ella y procurando que nos revele su sentido, pero la de mi abuelo materno es incongruente con las ideas del mundo que –acertada o equivocadamente– tenemos en la actualidad, y mi madre estuvo a punto de sucumbir a esa incongruencia: mi abuelo curaba las propiedades de sus vecinos, y su método, del que no sabemos nada ya, estaba basado en la palabra, como el de los chamanes y los profetas.

... 

Pero de eso no sé nada», admitió Goodman. «Este país también está cambiando, y sus cambios –que desafían mi capacidad de asombro, día tras día tras díano me resultan más difíciles de entender que los del pasado; por ejemplo, los que tu abuelo materno pudo haber producido de algún modo. Hay algo reconfortante en todo ello, para un historiador como yo, y es que el pasado ya no puede cambiar. Nunca va a ponerse peor de lo que está, y en eso, supongo, radica su superioridad sobre el presente», dijo.

... 

Un hombre mayor con una bufanda a cuadros subió delante de mí en la estación de la 125 el día que me dirigía al aeropuerto; al darse cuenta de que se le había caído un guante en el andén, y en el momento en que se cerraban las puertas del vagón, el hombre arrojó rápidamente el otro guante para que quien los necesitase tuviera el par.

Entradas populares