El barrio, Gonçalo M. Tavares (El señor Calvino y el paseo)
LA VENTANA
Una de las ventanas de Calvino, con la mejor vista a la calle, estaba tapada por dos cortinas que, en el centro, cuando se juntaban, podían ser abotonadas. Una de las cortinas, la del lado derecho, tenía botones, y la otra, sus respectivos ojales.
Calvino, para observar por esa ventana, tenía primero que desabotonar los siete botones, uno por uno. Después, apartaba con sus manos las cortinas y podía mirar, observar el mundo. Al final, después de ver, cerraba las cortinas de la ventana y cerraba cada uno de los botones. Era una ventana que se abotonaba.
Cuando por la mañana abría la ventana, desabotonando, con lentitud, los botones, sentía en los gestos la intensidad erótica de quien desviste, con delicadeza, pero también con ansiedad, la blusa de la amada.
Miraba después desde la ventana de otra manera. Como si el mundo no fuera algo disponible en cualquier momento, sino algo que exigía de él, y de sus dedos, un conjunto de gestos minuciosos. Desde aquella ventana el mundo no era igual.
...
UN PASEO DEL SEÑOR CALVINO
Calvino era portador de una insólita gentileza. En encuentros sociales, incluso en casas extrañas, se apresuraba en el acto de sentarse primero en varias sillas, pasando sucesivamente de unas a otras, mientras todos los invitados permanecían todavía de pie, pareciendo maleducado; pero al final lo que Calvino hacía era probarlas, las sillas, para después ofrecer al presente más ilustre, con conocimiento de causa, la más cómoda y digna. No era catador de vinos, era catador de sillas.
...
Calvino se despidió, entonces, sensato, de la señora, y unos buenos metros más adelante sacó una pequeña hoja del bolsillo y señaló lo siguiente:
Provinciano
-en el espacio,
-en el tiempo.
Provinciano en el espacio, pensó, es aquel que es influenciado e intenta influenciar los cuarenta metros cuadrados a su alrededor. Provinciano en el tiempo es aquel que es influenciado por la tarde anterior y pretende influenciar, como mucho, durante los dos días siguientes.
Se acordó, a propósito, de aquel personaje descrito por el escritor T., personaje que era tan bizco que los miércoles miraba, al mismo tiempo, hacia los dos domingos. Y Calvino pensó: eso sí es una mirada lúcida.
