El barrio, Gonçalo M. Tavares (El señor Walser y el bosque)



CAPÍTULO I 

   ¡Qué contento está el señor Walser! En medio de arbustos, hierbas salvajes y otras manifestaciones de la naturaleza todavía en pleno e imprevisible trayecto de vida, he aquí que fue posible construir —gracias a un sentido técnico especializado del que sólo la gran civilización es capaz— la casa simple, sin nada de lujoso u ostentoso, una mera casa para vivir, la de Walser, hombre que se encuentra, por ahora, solo en el mundo, pero que ve en aquella construcción finalmente terminada —¡¿cuántos años tardó?!, ¡tantos!— una oportunidad para en el fondo, seamos sinceros, encontrar compañía. 

   Si hasta entonces la ausencia de un espacio cómodo, cerrado, únicamente suyo, fuera un obstáculo insalvable para la ejecución práctica de algunas invitaciones que estaban bien allí, hacía varios años en su cabeza, como si estuvieran ya escritas o verbalizadas, ahora, todavía con el fuerte olor a nuevo que venía de las maderas, de la pintura de las paredes, del propio ruido de las máquinas necesarias para su vida doméstica de hombre sin compañía, pero que aun así, está claro, se alimenta y ensucia las cosas, ahora, entonces, con la nueva casa, todo le parece posible. La casa no es para Walser solamente un lugar que la humanidad había conquistado a la selva, el espacio que las cosas no humanas parecían haber determinado como suyo —es todavía un paisaje ideal para comenzar a hablar con otros hombres—, y cómo sentía él necesidad de eso. Podrían sentarse —¡ya había sofás!— y hablar sobre los asuntos del mundo. 

   Walser se había prometido a sí mismo tener siempre el diario del día que de mañana traería de allá abajo con la avidez física de los que en un cubo traen a la casa agua del pozo. Sabía bien que el alejamiento geográfico de su casa, en relación con un determinado centro donde la frecuencia de los acontecimientos parece obedecer a otras reglas, hacía incidir, sobre el papel débil del diario, otra luz. Se trataba, al final, de mantener la presencia física, y de alguna forma también espiritual, de los acontecimientos humanos. Y era tarea indispensable, tanto más que Walser había rechazado desde el comienzo la posibilidad de instalación de cualquier artefacto técnico que diera acceso a imágenes. Sólo el diario. Más que eso no.

... 

CAPÍTULO VII 

   Pero, súbitamente, tocan el timbre. ¿Quién será? No puede ser ella, si Walser tiene todavía la carta en la mano. Sólo si… 

   No hace ni dos horas que Walser está en su casa nueva y he aquí que recibe la primera visita, incluso antes del primer sueño —de ese primer y algo incómodo, piensa Walser, dadas las circunstancias, alejamiento del placer que siente su cuerpo en el nuevo espacio— aquí viene una compañía. Antes de dirigirse a la puerta, había colocado la carta en el sobre y lo había cerrado sin que sus sentimientos concluyeran algo, tal la rapidez en el cambio de estados —entre la soledad entusiasmada y la expectativa provocada por la llegada de alguien—. Walser abre la puerta de su casa nueva para dejar entrar a un hombre que llega con todo el aspecto de quien todavía no terminó una tarea. 

—¿Qué ocurre? —murmura Walser. 

—Es el grifo del baño —dijo el hombre.

... 

CAPÍTULO X 


   En aquel momento, de lo que ocurría detrás de la pantalla, sólo un detalle le interesaba: el número de objetos y herramientas que el fontanero había retirado de su maletín y tenía ahora desparramados por el suelo o por encima del lavabo. Cuantos más objetos estuvieran a la vista más tiempo tardaría el hombre en irse. Y Walser, minutos antes, había detectado más cosas que ahora. 

   Sin dudar, pues, de que el movimiento era como de reflujo, de retracción, cosa que lo dejaba satisfecho. 

—Está casi por irse —pensó. 

   Sin embargo: el timbre. De nuevo. 

   Walser se inclinó en una muda disculpa por ausentarse, y se alejó del fontanero que ni por un segundo suspendió su actividad. 

   Walser abrió la puerta. 

   Era otro hombre, con una caja de herramientas. 

   —Son las maderas del suelo. Walser sonrió, saludó con la cabeza, dejó entrar al hombre.

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