Una pena en observación, C.S. Lewis
Gran parte de una desgracia cualquiera consiste, por así decirlo, en la sombra de la desgracia, en la reflexión sobre ella. Es decir en el hecho de que no se limite uno a sufrir, sino que se vea obligado a seguir considerando el hecho de que sufre. Yo cada uno de mis días interminables no solamente lo vivo en pena, sino pensando en lo que es vivir en pena un día detrás de otro.
...
Sé que la cosa que más deseo es precisamente la que nunca tendré. La vida de antes, las bromas, las bebidas, las discusiones, la cama, aquellos minúsculos y desgarradores lugares comunes. Desde cualquier punto de vista que se mire, decir «H. se ha muerto» es decir «Todo aquello se acabó». Forma parte del pasado. Y el pasado es pasado, que no otra cosa quiere decir el tiempo, porque el tiempo en sí mismo no es ya más que otro nombre de la muerte, y el mismo cielo una región donde han ido a parar las cosas de antaño, al fallecer.
...
Me ha ocurrido algo bastante inesperado. Fue esta mañana temprano. Por una serie de razones, no todas misteriosas en sí mismas, mi corazón estaba más aliviado que nunca desde hacía varias semanas. En primer lugar, creo que me estoy recuperando físicamente de una sobrecarga de simple agotamiento. Y el día antes había pasado once horas de un cansancio saludable, seguidas a la noche de un sueño profundo. Y después de tres días de nubarrones bajos y grises y de una humedad bochornosa y estática, el cielo brillaba y había una brisa ligera. Y de repente, en el mismo momento en que por última vez, hasta ahora, estaba llorando por H., me acordé de su parte mejor. En realidad se trataba de algo casi mejor que el recuerdo: una impresión momentánea e irrefutable. Decir que fue como un encuentro sería ir demasiado lejos. Pero había algo en ella que provocaba la tentación de explicarla en tales términos. Era como si la pesadumbre, al alzar el vuelo, derribase una barrera.
...
Me doy cuenta de que no quiero retroceder y volver a ser feliz de esa manera. Me asusta pensar incluso que sea posible una mera vuelta atrás. Porque este destino me parecía el peor de todos: alcanzar un estadio en el que mis años de amor y matrimonio pudieran aparecer retrospectivamente como un episodio encantador —como unas vacaciones— que hubieran interrumpido brevemente mi interminable vida, devolviéndome luego inalterado a la normalidad.
...
¿Te diste cuenta en algún momento, amor mío, de lo mucho que te llevaste contigo al morir? Me despojaste hasta de mi pasado, hasta de las cosas que nunca compartimos.
...
¿Puede un mortal hacerle a Dios preguntas que para Él no tengan respuesta? Fácil que sea así, creo yo. Todas las preguntas disparatadas carecen de respuesta. ¿Cuántas horas hay en una milla? ¿El amarillo es cuadrado o redondo? Lo más probable es que la mitad de las cuestiones que planteamos, la mitad de nuestros problemas teológicos y metafísicos sean algo por el estilo.
...
Mírame sin piedad, querida. Ni aunque pudiera hacerlo me escondería. No solíamos idealizarnos uno a otro. No teníamos secretos uno para el otro. Conocías de sobra mis rincones más putrefactos. Si ahora descubres algo aún peor, soy capaz de soportarlo. Y tú también. Rebate, explícate, búrlate de mí, perdóname.
