El buen mal, Samanta Schweblin



UN ANIMAL FABULOSO

   A ella solo le cuento lo que el chico dijo después: «No quiero ser arquitecto». No le digo lo que pensé: que en el tono firme en el que hablaba, en la manera en que le brillaban los ojos mientras descubría el sentido de sus palabras, parecía también dar a entender «soy algo tan grande que no puedo permitirme el mundo de los hombres». Ni que esperé unos calculados segundos antes de volver a hablar, para que Peta terminara de saborear su propio descubrimiento y pudiera reconocerlo en todo su esplendor, ni que asentí como diciendo: «¡Sí! ¡Sí! ¡Esa es la verdadera verdad! ¡Podés ser lo que sea que quieras!». 

   A Elena solo le cuento lo que le pregunté a Peta después: 

   «¿Y qué querés ser?». 

   «Quiero ser un caballo».

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EL OJO EN LA GARGANTA

   Mamá se da cuenta de lo que me pasa, o ya no me pasa, con mi padre. Pero qué puede hacer. Desde el principio, desde el día en que me solté de las paredes y me animé a caminar sin agarrarme de nada, he estado corriendo hacia mi padre. Busco la locura de ese placer intenso que empieza con él sosteniéndome boca abajo por un solo pie, con toda la energía de su mano abrazada a mi tobillo; o atacando mis costillas con sus dedos; o gruñendo con sus labios apretados contra mi panza, tan fuerte que la vibración de sus cuerdas vocales me hace temblar todo por dentro. Y un momento antes de ese placer intenso, la teatralización conjunta: mi padre que me descubre a upa de mamá, o abrazado a sus piernas, y me mira con rencor, ofendido. Yo que grito de placer y pienso «¡ha empezado!», «¡va a pasar!». Y entonces él suelta lo que sea que tenga en las manos, deja caer todo al piso, se agacha y abre frente a mí sus brazos. Me ha entrenado en esta desesperación por correr hacia él. He hecho una nota física y mental que dice: «Si algo pasa, él me salvará», «si algo pasa, él vendrá hasta donde sea que yo esté, y me salvará». Y he guardado la nota entre el corazón y la columna vertebral, justo ahí donde todo está comprimido.

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LA MUJER DE ATLÁNTIDA

Quizá no aprender del todo tus lecciones es lo que al final te mantiene vivo.

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