Paraíso claustral, Carlos Aganzo



VI (El clasicismo y la elegancia)


 Recoge la primavera en ánfora de jade. S. T.

 

 Tejen las margaritas su estampado

 de luz sobre la hierba humedecida. 


 Tejen sus finas telas las arañas

 con perlas esplendentes de rocío. 


Y tú vuelves los ojos a la casa 

y piensas en las colchas y en los cuerpos. 


 Y entonces va tejiendo tu cabeza

 pensamientos, silencios y emociones. 


 Pisar las margaritas, comprobar

 que sus tallos de nuevo se enderezan. 


 Que se borra tu huella. No escribir. 

 Dejar mejor que fluya la elegancia.

 ...


 XV (Lo rústico y el desapego) 

 

 Bajo los pinos construye tu cabaña. Quítate el sombrero, lee y contempla la poesía. S. T. 

 

Llegar con pies descalzos al olivo. 

Llevarse un libro para no leerlo. 


Sentir que el libro es árbol y es madera. 

Que el banco y el olivo son un libro. 


Que el libro, el banco, el árbol y mis ojos

estamos en el centro del jardín. 


Que bebemos la luz y que esperamos

alargar nuestro encuentro hasta la noche.


 Mas no será posible. Vendrá el cierzo 

 y arrancará del árbol los poemas. 

 

Y yo me iré buscando otros afectos.

Y la noche en el banco dormirá.

...

XXI (La llegada y la trascendencia) 


Aquello de lo que te alejas, al final lo alcanzarás, pero se irá en cuanto te acerques. S. T. 


Te quejas de que lo has perdido todo. 

Es la verdad. No has sido. No eres nada. 


Una brizna de hierba, un algoritmo

vacío en la secuencia del amor. 

 

Pero incluso las hierbas más inanes 

aprenden a volar cuando habla el viento. 


Se elevan por encima de las tapias

y salen del jardín y se hacen mundo.

 

En su dejarse ir sin condiciones, 

trascienden el umbral de la indigencia. 

 

Abandonando todo alcanzas todo. 

Tratando de adquirirlo, lo extravías.


...

XXII (La distancia y la deriva) 


Orgulloso y firme, sepárate de los hombres. S. T. 


Bien poco puede hacer un hombre solo, 

encadenado al hierro de la tarde. 


Ser cuerpo erguido, acaso, como el árbol. 

O alma, como el pájaro, en deriva. 


Apenas más. Cantar a la distancia. 

Y esperar en silencio las señales. 


Ni el pájaro ni el árbol interpretan

el mundo. Pero el hombre es diferente.

 

El hombre escucha voces en el viento, 

palabras afiladas que interrogan. 

 

No se ve la verdad, pero se siente. 

No se entiende el amor, pero te inunda.



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