Van Gogh en La Mancha, Sonia Castaño


Vincent avanzaba despacio por el camino que llevaba a los terrenos de espigas y girasoles. Cada poco paraba para escuchar a los pájaros y contemplar los paisajes. Era tan delicado y silencioso que las liebres que cruzaban corriendo los senderos se paraban a poca distancia de él para observarle, Algunas aves se posaban en los árboles para verle pasar. Hasta las mariposas no se molestaban en esquivarle porque no se sentían amenazadas.

Sonreía sin parar disfrutando de la naturaleza y miraba hacia el cielo agradeciendo su suerte. No necesitaba nada más.

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Le rogué a mi madre por la mañana que levantara mi castigo y finalmente me dejó marchar, pues hacer el último entrenamiento para el concurso de carreras de ranas era algo importante

Les dimos a nuestros batracios doble ración de moscas para compensar su esfuerzo. En un par de días sería ya la carrera. Las tres ya sabían lo que tenían que hacer, pero sin duda la más audaz era Hércules, la de Agapito.

Después de unas horas entre risas y ocurrencias decimos volver a casa, corriendo, porque ya estaba atardeciendo.

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Verle con sus pinceles, los colores, pintando el precioso paisaje era como ver una obra de arte sobre otra obra de arte. Su paleta era todo un mapa de color.

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Desde allí observé como Vincent se alejaba entre los árboles por el camino de los campos de trigo y de girasoles. Su sombrero de paja brillaba con los rayos de la mañana. En su espalda sujeto con una soga, llevaba el caballete y un montón de bártulos. Parecía un vendedor ambulante.

El cielo azul, totalmente despejado, anunciaba un nuevo día de mucho calor. Era el mes de agosto y como decía siempre mi padre: “En agosto y en enero, no tomes el sol sin sombrero”.

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Cuando ves sus cuadros ves el alma de las cosas.

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—A veces uno se confunde con la ceguera del aburrimiento, con la falsa monotonía de lo que vemos todos los días y desea cambiarlo todo por algo nuevo. Pero ¿qué es lo nuevo? ¿Es lo lejano? La novedad está frente a nosotros a todas horas, amigo. Mira esta lagartija que acaba de pasar, probablemente no la volverás a ver jamás. Y esas líneas en la tierra que han dejado las ruedas de los carros, mañana habrá otras, pero no serán las mismas, ni la luz que caerá sobre ellas.

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La chica al verlo sonrió como nunca al observar su imagen. Allí estaba con su conejito blanco. La vida sin espejos era dura. Pero ahí al ver su nariz se dio cuenta de que sí, era una nariz grande, pero era una nariz importante acompañada por una bonita sonrisa. Sus ojos se llenaron de emoción y unas lágrimas silenciosas cayeron por sus mejillas.

—Gracias Señor Vincent, es el regalo más bonito que jamás me han hecho

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—¿Tú crees que soy bonita, Blanquito? Pues no decía el pelirrojo que soy bonita. Vaya ideas, Blanquito, vaya unas ideas.

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Ese día mi pueblo me parecía el más hermoso del mundo. El sol iluminaba todo, contrastaba con el cielo azul intenso moteado con nubes blancas. El verde de los árboles y setos era intenso. Recordé el cuadro de Vincent, con la bandada de cuervos sobrevolándolo.

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Vincent levantó caballerosamente su sombrero en una despedida, recogió sus bártulos y abandonó el lugar. Desde aquel día Casilda no volvió a taparse nunca más con el pañuelo.


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